El nacimiento de un hijo toca el alma de una madre y revoluciona su corazón.

El nacimiento de un hijo toca el alma de una madre y revoluciona su corazón.

¿Qué sabemos del postparto?

Sé que habrá gente que me lea y que podrá juzgarme, me expongo a eso, pero elijo ser libre y compartirlo, pues si no me doy yo el permiso de soltarlo ¿cómo pretendo ayudar a otras mujeres a que se liberen?, ¿cómo puedo crear un cambio en mi pequeño entorno si callo? Porque el postparto es duro, la transformación es abismal: la luz de la maternidad es tan fuerte y brillante que las sombras son muy contrastantes pero cuando nos atrevemos a mirarlas y atravesarlas somos capaces de sanarnos.

Hace unos días en mi instagram @grandiosayoga escribí una publicación sobre el postparto y la idea superficial y errónea con la que hablamos sobre él, pues en pocas palabras dicen que el postparto son las 6 semanas que la mujer necesita para recuperarse tras el parto o si ha sido cesárea alrededor de 8 semanas. En esa misma publicación comentaba que para mí, esta definición queda muy pobre en comparación con la verdadera experiencia de una mujer que acaba de convertirse en madre. ¿Dónde quedan las emociones de la mujer-madre?, ¿la realidad de tener al bebé en sus brazos?, ¿el reajuste de su vida como mujer y con la pareja?, ¿el encuentro con sus expectativas rotas?, ¿la culpa?, ¿el miedo?, ¿la soledad? Y es que me doy cuenta que sólo falta dar un poco de espacio para que muchas madres podamos abrir nuestro corazón y compartir cómo nos sentimos y NO, el postparto no son solo las seis u ocho semanas para recuperarnos. Y NO, no es verdad que en un periodo definido de tiempo estaremos como si no hubiera pasado nada, pues hemos sido madres y ya no somos las mismas.

Es cierto, no hay escuela para la maternidad, nadie nos prepara para ella, pero la “verdad educadora” con la que hablamos de lo que le espera a la futura madre creo que es muy poco –mejor dicho cero constructiva- y nada cercana a la realidad. Estamos tan acostumbrados a mirar la maternidad de manera tan trivial y superficial que la realidad que compartimos con una mujer embarazada es todo menos acompañante y sanadora para ella, que es lo que en realidad puede necesitar.

Por ejemplo, en mi caso, durante todo mi embarazo constantemente escuché las típicas frases como “¿qué quieres que sea?”, “¡ay!, las niñas son más monas, los niños dan dolor de cabeza”, “prepárate porque a partir de ahora no dormirás igual”, “en el parto te desmadran ahí abajo”, “¡ay pobre de ti!”, “¿le vas a dar pecho?”, “a ver si tienes leche, yo no tuve y mi amiga Juanita tampoco tuvo”, “¿lo quieres tener natural? Estás loca parir es horrible”, “la lactancia duele horrible”, “ya nunca vas a recuperar tu cintura”, “¡ay yo me sentía súper gorda en el embarazo y después la piel me quedó aguada! Ya verás como quedas”, “disfruta ahora que estás embarazada y eres el centro de atención porque después nadie te hará caso” –y por cierto esta última frase me caló el alma porque me lo dijo alguien que me quiere (y no fue mi esposo, aclaro). Y así suele ser la vida de una mujer embarazada y una madre: estamos rodeadas de mucha gente aconsejando, mucha gente mirando-algunos con lástima, otros con fastidio y otros con ternura o con curiosidad- varios juzgando y opinando. Y en medio de tantas juicios y comentarios ¿a quién realmente le importa lo que piensa o siente la mujer-madre?, ¿a quién le interesa de verdad conocer las necesidades de este ser? Por mi parte, yo me di cuenta con tristeza que de todas estas personas que opinaban no había realmente a quién le interesara conocer lo que yo pensaba y sentía: nada de lo que me decían era similar a mi realidad y no pensaba comprarme esas ideas ¿por qué insisten?, ¿por qué me dicen cosas tan crueles? Durante mucho tiempo no encontré otra mujer que se acercara a mí y me compartiera una realidad más potente y transformadora sobre lo que podría pasar y, ahora que soy madre, me doy cuenta de lo importante que es compartir lo que he vivido porque aquello a lo que nos atrevemos a darle luz y poner en palabra nos sana, individualmente y como grupo.

Pero por el contrario me preocupa y me duele saber que la situación real de la mayoría de las mujeres es que llegamos al embarazo, parto y maternidad con las ideas preconcebidas y superficiales que de boca en boca se cuelan en nuestro inconsciente y que no nos preparan para nada, porque nos dicen que a pesar de todo tenemos que estar felices y sonreir.  Y cuando de pronto nos enfrentamos a nuestra realidad individual ¡PUM! nos damos cuenta que hay una profunda verdad no hablada y no sabíamos que esto podía suceder. No sabemos qué hacer con tantas emociones contrastantes: la alegría, el amor, el dolor, la tristeza, la valentía y el miedo… de pronto no nos reconocemos en este cuerpo nuevo que se cambia y ajusta. Y el encuentro con nuestro bebé es muy contrastante porque le amamos pero es como si no le conociéramos, aunque nos dijeron  que “deberíamos” ya conocerle  porque lo llevamos en nuestro vientre durante 9 meses “¿soy mala madre porque siento que no le conozco?”. La estúpida culpa porque dicen que “debería” estar feliz de tener a mi bebé en brazos, pero hay momentos en que no me siento feliz, pensaba: “no es que no me haga dichosa ser madre, ni que mi bebé esté conmigo, ¡claro que lo estoy y claro que le amo! pero es que siento muchas cosas que no son solo felicidad y cuando quiero hablarlas soy juzgada ¡ni yo sé lo que siento! ¡Denme permiso de decir que estoy triste y confundida!”.

La soledad en la que nos encontramos, pues no solamente vivimos en un mundo individualista ataviadas con la rutina y las actividades diarias, hemos perdido la tribu, sino que además el entorno tampoco está dispuesto a entregarse a nosotras, escucharnos, mirarnos… sentirnos. Cuando nació mi hija me sentí completamente ambivalente, por un lado dichosa y poderosa, completamente empoderada porque había dado a luz a mi bebé ¡quería comerme el mundo entero y contarle a los que estaban cerca de mí como lo había vivido! Quería que reconocieran en mí la diosa que yo me sentía, pero por el contrario encontré incomprensión y soledad.  Exceptuando a mi esposo, quien estuvo en el parto, a nadie más parecía importarle que el nacimiento de mi hija había tocado mi alma, que algo en mí había muerto y que ahora yo era otra. Me sentía como si viviera en un mundo raro donde yo no encajaba, ni siquiera en mi cuerpo. Pasé de sentirme una diosa a ser solo una incubadora, el medio que les había traído a “su” bebé al mundo para que pudieran disfrutarla como si fuera suya sin ser mía, sin importar que yo por dentro sentía furia de que todos cargaran a mi bebé como si fuera un muñeco que se pasa de brazo en brazo “¿por qué hacen esto si ella y yo recién nos estamos conociendo?”, “¿por qué no nos dejan disfrutar nuestro cuerpo, caricias y miradas sin interrumpir?”, “¡Por favor déjenos vivir nuestra intimidad!”, “¿por qué me ven como si yo fuera mala y egoísta por querer tener a mi hija solo conmigo?”. No, no es de madres posesivas, porque seguro eso te van a decir, simplemente entendamos que la psicología e instinto del bebé y la madre es el amor y el apego ¿por qué no nos permiten(mos) vivirlo libremente y gozarlo?

Me sentí culpable porque amaba a mi hija pero al principio era como si no la conociera. Estábamos unidas y no quería despegarme de ella, pero yo necesitaba que ella también ganara mi corazón. Me juzgué y me sentí mala madre ¿cómo era posible que como madre pensara esto? y tenía miedo que si lo decía en voz alta, pensarían que estaba loca.

Me sentí tan frágil y confundida pues estaba conectada con mi hija y con mi instinto y al mismo tiempo tuve tanto miedo de no hacerlo bien, de no ser suficiente, sentí como si el peso de la maternidad me sofocara y una vez quise huir…

Y mientras escribo no puedo dejar de pensar en las mamás que he conocido o que han asistido a mis clases y que llegan con el corazón roto por un “compañero” que se aleja a la mitad del viaje; por un parto diferente al deseado; por una lactancia frustrada; por la feminidad que sienten perdida; por su propio cuerpo que no reconocen, que duele; por el dolor de un pecho que no sana; por la tristeza y rabia porque no consiguen que el bebé se agarre bien al pecho; por el sentimiento de culpa al creer que tal vez hay algo que pudieron haber hecho mejor; por la confusión y el dolor porque a veces sienten que su bebé es responsable de que la estén pasando mal: si, hay madres que sienten que su bebé -la razón de su amor y alegría- por momentos también es la daga que abre su herida. Pienso en la soledad, en el silencio de los sentimientos que pesan y no dejan respirar, en las  mujeres-madres sienten que el agua les llega al cuello y que pueden pensar que de haber sabido que sería así, tal vez no lo hubieran querido…

Hermosa madre, si me lees no quiero asustarte y que pienses que te depara algo terrible: para mí la maternidad es un viaje de liberación y sanación. Quiero que sepas que si llegas a sentirte así TU NO ERES CULPABLE NI ERES MALA MADRE. El nacimiento de tu bebé revolucionó tu corazón y es normal que estés cambiante y confundida; TODO ESO TAMBIÉN SE ACABARÁ. Quiero decirte que la maternidad SÍ es un camino lleno de goce y poder, aunque a veces esté acompañado de tristeza o dolor y confusión. Sí, puede ser duro atravesarlo, muchas veces no queremos hacerlo, pero cuando nos atrevemos, salimos vencedoras y sanadas.

Madre, ¡TODO VA A ESTAR BIEN!

Escribo esto porque confío en que al leerme para alguna madre será un alivio, habrá quien aunque no tenga hijos reflexione y pueda imaginar lo que pasa en el corazón de una madre y sienta empatía hacia aquella que esté en su entorno; porque hemos olvidado que el nacimiento de un hijo toca profundamente el alma de una madre, transforma sus sentimientos y pensamientos. Cuando damos a luz -sin importar si ha sido un parto natural o una cesárea- las madres hemos hecho un viaje al fondo de nuestro ser y en medio de nuestra obscuridad sentimos alegría, tocamos nuestra fuerza mientras nadamos en el miedo y dolor, y hemos regresado a la superficie con un bebé en brazos. Después de este viaje ¿cómo vamos a ser las mismas que antes? Mira sus ojos, siente su alma y seguramente te darás cuenta que esta mujer que tienes frente a ti ¡es un ser inigualable! que mientras está luchando contra sus fantasmas e intenta matar a sus monstruos, al mismo tiempo está recogiendo todas sus piezas -las de luz y las de sombra- para construirse como una mujer nueva y descubrirse como madre: amando y cuidando a su pequeño hijo con la dulzura de las flores y la fuerza de una loba. Esa, mi querida amiga, es el poder de una madre.

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